Reseña: La Pantalla Diabólica: Panorama del Cine Clásico Alemán de Lotte Eisner
La Pantalla Diabólica
Panorama del Cine Clásico Alemán
Considerado como un volumen esencial
dentro de la crítica cinematográfica y un texto fundacional respecto del Cine
Expresionista Alemán, La Pantalla
Diabólica: Panorama del Cine Clásico Alemán se gestó a lo largo de varias
décadas y la publicación de diversas críticas y ensayos de Lotte Eisner en
revistas especializadas. Estos fueron seleccionados y editados para dar forma a
este volumen que fuera publicado en 1952 en Francia. Ese año, Eisner ya gozaba
de estatus de autoridad respecto de las cintas germanas y del cine mundial.
Historiadora del arte y arqueóloga
proveniente de una acomodada familia judía, Lotte Eisner tuvo su primera
aproximación al cine a través de uno de los colaboradores de Friedrich Wilhelm
Murnau, Willy Haas. Presenció el estreno de El
Último, una de las piezas maestras de Murnau en 1924, pero no le dedicó
grandes epítetos. Aún no había madurado su apreciación del naciente séptimo
arte aunque ya había tenido un acercamiento al teatro gracias al manuscrito de
Baal, la obra teatral del legendario Bertolt Brecht con quien entablaría
amistad. Y es que Eisner estuvo en la génesis misma del cine. Su preparación
académica y su ubicación en el seno mismo del cine alemán fortalecerían su
apreciación de tales obras. Era una asidua visitante de los estudios donde
trabaría amistad con Fritz Lang, Charles Chaplin, Car Theodor Dreyer, el mismo
Friedrich Wilhelm Murnau, Georges Méliès
e incluso conocería al cineasta ruso Sergéi Eisenstein, encuentro que
curiosamente la hizo dar la espalda al Comunismo.
Durante la segunda década del siglo
XX el naciente cine alemán conjugaba el expresionismo con el kammerspiel (teatro de cámara) y el
realismo social. No obstante, sería el primero en el que los jóvenes cineastas
producirían sus mejores obras. Desde las imágenes teatrales de Max Reinhardt y
la amplia tradición literaria alemana brotarían las semillas que crecerían en
el celuloide germano. La Pantalla
Diabólica: Panorama del Cine Clásico Alemán constituye un amplio recorrido
de las décadas siguientes a través de diferentes ensayos, artículos y el
análisis de diversas cintas de la época. Por supuesto, entre ellas figuran
prominentemente El Gabinete del Doctor
Caligari (1919) de Robert Wiene; El Golem
(1920) de Paul Wegener y Carl Boese; La
Muerte Cansada (1921), La Muerte de
Sigfrido, La Venganza de Krimilda
(1924), Metropolis (1927) y M, El Vampiro de Dusseldorf de Fritz
Lang; Nosferatu: Una Sinfonía del Horror
(1922), Fausto (1926) y Tabú (1931) de Friedrich Wilhelm Murnau.
Sin embargo, el volumen también es rico en su rescate de otras obras que son
algo menos recordadas, pero que jugaron un papel importante en el surgimiento
del cine en aquellas tierras como las obras La
Casa sin Puertas ni Ventanas (1914) del danés Stellan Rye que precedió a Caligari en su puesta en escena
expresionista; Homunculus (1916) –
quizás el verdadero nacimiento del Expresionismo Alemán; El Tesoro (1923) y Lulú
(1928) de Georg Wilhelm Pabst y una larga lista de cintas de época y de cámara,
entre ellas notables cintas de Ernst Lubitsch.
Cada uno de los ensayos demuestra una
capacidad analítica y un conocimiento desbordante del medio. El volumen
comienza con un análisis detallado de la situación política y económica de la Alemania
que surgía tras la Primera Guerra Mundial y en especial del alma artística
alemana, cómo solamente en el país teutón se podía haber originado un cine que
girara en torno a las temáticas que los grandes maestros explorarían. Esta
tradición se remontaba siglos al romanticismo alemán literario. Abundan
referencias a Goethe, Novalis, Holderlin, Hoffmann y Meyrink, entre otros, y su
acercamiento a lo fantástico que encontraría en la puesta en escena
expresionista el medio perfecto para actualizar las visiones de sus poetas y
escritores. En ellos ya existía la fascinación con la vida de objetos
inanimados y la dimensión sobrenatural de la realidad. La magia y el misticismo
inherente en los pueblos germanos y nórdicos aprovecharían la luz y la
oscuridad de la estética expresionista, el claroscuro, para reaparecer tras ser
sepultadas por la Revolución Industrial. Spengler, el teórico del misticismo,
indicaba que la noche disuelve las formas de la misma manera que el día
disuelve el alma y que tal penumbra podía encontrarse incluso en las Eddas nórdicas, donde ya existían las
noches en que Fausto trabajaba en su habitación. Esa alma fáustica del nórdico
habita en las cintas germanas, en sus recovecos, en su bruma. O como ya
indicara Heinrich Heine en 1833, “los
horrores del delirio, las ensoñaciones de la fiebre y el reino de los
fantasmas…Alemania es tierra de viejas hechiceras, pieles de oso, de golems de
ambos sexos…espectros así no pueden florecer sino del otro lado del Rin;
Francia jamás será un país para ellos”. Los efectos poéticos en Alemania
cruzan toda frontera. El terror, las almas en pena y los brujos gustan tanto al
pueblo como a la gente culta. Toda esta magia alcanzaría una nueva estética en
la magia del laboratorio, por ejemplo, entre los pergaminos y las pócimas de
Fausto o la electricidad y los andamiajes del laboratorio de Rotwang en Metropolis
.
De la misma manera, se haría presente
en muchas obras esa obsesión por las puertas, las escaleras, los espejos, los
charcos de agua y otros artilugios que, fieles a la tradición romántica, al
anochecer se transformarían en pasajes a otros mundos, fuentes para la
aparición de dobles, fauces de seres monstruosos que amenazan con engullir la
realidad y a sus protagonistas. Estos fenómenos no son nada menos que
representaciones del destino al que el alma alemana siempre desea enfrentarse
en una lucha de proporciones épicas, de ahí los ademanes de la actuación
expresionista, la declamación de una gran misión donde el espíritu mismo se
juega la sobrevivencia. La luz, la sombra y el claroscuro adquieren dimensiones
monumentales en dicho contexto. De ahí que los decorados internos y los
paisajes no sean una mera réplica de la naturaleza sino una forma de hacer del
protagonista partícipe del gran drama y la gran tragedia. La iluminación es un
elemento dramatúrgico en el Expresionismo Alemán. Ésta dota de relieve y
dinamismo a sus personajes y objetos por igual, les otorga una identidad propia
y es la representación de sus conflictos internos. La tensión que se ha plasmado
en el paisaje externo y en el decorado obedece a aquella del paisaje interno
develando capas más profundas de la realidad como indicara, décadas después,
Werner Herzog al voltear la mirada hacia el trabajo de sus abuelos. Los
paisajes acentúan el conflicto y el alma de sus personajes a través del tono de
las escenas. Éstas equivalen a aquellas magnánimas obras grabadas en granito
que representan la grandeza del alma alemana como ya sugería El Canto de los
Nibelungos, prácticamente inimaginable para la “buena gente civilizada y fina” como Heirich Heine hiciera notar
hace casi dos siglos.
Todo lo anterior sería plasmado en
diversas formas por parte de los más grandes directores. Fuera a través del
naturalismo de Friedrich Wilhelm Murnau – la aparición de Mefistófeles en Fausto ocurre a campo abierto –, del
geometrismo de Fritz Lang en Metropolis
o en los decorados de La Muerte de
Sigfrido, en la penumbra de Paul Wegener y el Golem, en la experimentación de Robert Wiene en El Gabinete del Doctor Caligari y en
tantas otras obras, el manejo arquitectónico del cuerpo humano, de los espacios
que habita y de las multitudes logrado a través de la luz y la sombra remite a
la visión grandilocuente germana. En algunos casos, incluso llegaría a
representar dimensiones sonoras como los faros de la fábrica en Metropolis y
sus chorros luminosos que reflejan el sonido que surge de ellas.
Diversos ensayos se internan en
temáticas que también fueron desarrolladas en menor medida durante la década
como la profundización de las cintas de época donde incluso Murnau llegó a
incursionar, los dramas más sociales que se desarrollaban en las calles, pero
donde lo social era más decorativo y que siempre se estrellaron con las
limitaciones de directores menores, con la nueva movilidad de la cámara, con el
apogeo del claroscuro en Fausto, en
palabras de Eisner, lo más notable que haya creado el claroscuro alemán.
El libro termina con un extenso
ensayo sobre la decadencia del cine alemán al que Lotte Eisner atribuye varios
factores. Entre ellos menciona la llegada del capital y los intereses
hollywoodenses a la UFA y el desarrollo de un cine más comercial, la
consecuente retribución por parte de varios cineastas alemanes que emigraron a
Estados Unidos, la llegada del cine sonoro y la pérdida de expresividad visual
reemplazada por el sonido. Aún era posible que grandes cineastas pudiesen crear
memorables obras bien entradas en la época del cine sonoro, pero cada vez eran
menos y uno de los fenómenos que contribuyó a la decadencia del cine alemán fue
la gran cantidad de remakes de obras
mudas que resultaron ser grandes fracasos artísticos. A lo anterior es
necesario sumar la situación política en que los nazis acrecentaban su control
sobre cada una de las esferas económicas, sociales y culturales, lo que
finalmente llevó a la misma Lotte Eisner a escapar a Francia.
Ya casi al final del libro, Eisner
remata con una estadística portentosa. Durante sus años dorados, el cine alemán
producía un promedio de 200 películas al año, de las que solamente cinco o seis
llegarían a ser consideradas obras maestras, muchas de ellas creadas con
mínimos recursos. Sin duda, una observación que hace incluso más valiosa la
conservación de dichas obras y la apreciación del tesón de sus creadores. Como
muchos trabajos universales en la historia, fueron concebidos con medios
mínimos e inmenso esfuerzo, y alcanzaron la misma inmortalidad. El año 1952,
Eisner se preguntaba si el futuro del cine alemán sería tan oscuro como se
vaticinaba. Por fortuna, el renacimiento del cine germano con Werner Herzog,
Rainer Werner Fassbinder, Win Wenders y Volker Schlöndorff, entre otros, recuperaría
la herencia de la época dorada del celuloide germánico. Gracias a ellos, el
legado de los grandes maestros de antaño ocupa el lugar que corresponde.
Murnau, Lang, Wegener, Boese, Pabst y sus compatriotas descansan en el olimpo
al que pertenecen por derecho propio.
Isaac Civilo B.
La
Pantalla Diabólica: Panorama del Cine Clásico Alemán
Lotte
Eisner
El
Cuenco de Plata
224
páginas






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