Reseña Cine: Last and First Men de Jóhann Jóhannsson
Last and
First Men
Hace poco más de dos años, el
compositor Jóhann Jóhannsson nos dejó a la temprana edad de 48 años. Ya a esa
altura se había hecho un lugar en el mundo del séptimo arte con bandas sonoras
para cintas como Arrival, Prisoners, The Theory of Everything, Mandy,
Mary Magdalene y Sicario, por
nombrar sólo un puñado. Durante esos años también forjó una relación creativa
con el director canadiense Denis Villeneuve, para quien compuso muchas bandas sonoras,
y a la par desarrollaba una fructífera carrera solista con álbumes que cubrían
desde la música clásica a la experimentación y la electrónica inspirada en los
pioneros alemanes del género. Jóhannsson también fue el mentor de Hildur Guðnadóttir,
reciente ganadora del Oscar por su banda sonora para Joker, premio que el compositor debió haber obtenido antes gracias
a algunas obras para cine tan o incluso más innovadoras y experimentales. Su
deceso fue un golpe inesperado y que dejó un gran vacío considerando lo mucho
que aún podía haber entregado.
Como si todo esto fuera poco,
Jóhannsson también exploró la dirección cinematográfica. Su adaptación de la
clásica obra de ciencia ficción Last and
First Men del escritor británico Olaf Stapledon había sido completada antes
de su partida y afortunadamente pudo ser estrenada este año en diversos festivales
en Europa. Pocas semanas después ya cuenta con una edición con la banda sonora
y la película disponible al amplio público.
El desafío de tal adaptación era gigantesco, no obstante. Olaf
Stapledon, en la década de los 30, tomó al mundo por sorpresa con una serie de
novelas de ciencia ficción que no solamente se adelantarían más de 20 años a
Isaac Asimov, Arthur C. Clarke, Robert Heinlein y Ray Bradbury, sino que además
ostentaría una vena filosófica que lo pondría muy por sobre el trabajo de estos
escritores cuyas visiones estaban enmarcadas en una ciencia por momentos
estéril, cuya respuesta a las interrogantes humanas era algo escasa y cuya
prosa se encontraba lejos de los grandes maestros de la literatura
estadounidense. Lo de Stapledon se enmarcaba en la ciencia ficción europea, es
decir, profundamente existencialista, filosófica y de elegante prosa. Sus
viajes al núcleo de la creación o a lo largo de siglos de evolución no
obedecían a complejos mecanismos científicos. Lo suyo era la especulación y la
anticipación que abarcaba eones y que incluso dejó perpleja a la mismísima
Virginia Woolf con la publicación de Star
Maker en 1937.
Con estos antecedentes, vale
preguntarse cuáles habían sido los materiales con los que Jóhannsson asumiría
el reto de adaptar el relato de la raza humana a lo largo de dos billones de
años y 18 tipos de razas humanas diferentes engendradas durante ese período,
quienes progresan y retroceden en vaivén a lo largo de los milenios. Last and First Men anticipó la
ingeniería genética y propuso una supermente,
una conciencia a gran escala compuesta por multitud de individuos unidos
telepáticamente. El compositor se revela como profundo conocedor del cine
europeo, en general, y los grandes clásicos de la ciencia ficción del viejo
continente, en particular.
Acá no hay tecnología, naves espaciales, clones o
robots. Ni siquiera hay personajes. La narrativa es dictada por una grabación
que ha viajado al pasado desde la última generación de seres humanos, ya una
suerte de semidioses, cuya existencia es plasmada en la cinta a través de la
filmación de la arquitectura brutalista en la antigua Yugoslavia, construida
durante el sangriento yugo comunista. Estos monumentos fueron erigidos para
recordar algunas de las grandes tragedias de los Balcanes – La Segunda Guerra
Mundial, genocidios y campos de concentración –. A pesar de su significado, sus
formas (retro) futuristas evocan ese sentido del extrañamiento tan necesario en este género, indescifrable y
atractivo en igual medida. Sin duda, las enormes estructuras y sus extraños
matices conjuran las visiones inalcanzables de aquella raza futura casi
inmortal cuyos hijos tienen una infancia de un siglo antes de entrar a la
pubertad. Jóhannsson conocía la imposibilidad de plasmar tales distancias con
elementos cinematográficos convencionales. De esta forma, optó por una estética
propia, abstracta que desafía la confusa percepción que podríamos tener de
aquella distante era.
Además de la arquitectura y la
narrativa – el gélido acento inglés de Tilda Swinton no podría ser más adecuado
–, los recursos visuales y sonoros son totalmente pertinentes. La filmación se
llevó a cabo en 16mm, con un blanco y negro de fuerte contraste, con un ritmo
pausado, casi elegíaco, donde la cámara no cesa de transitar los monumentos y
los paisajes desolados como un único observador sobreviviente. Esto contribuye
a acentuar la imprecisión del relato, producto no de la confusión del mismo
sino de la ambigüedad del tiempo y el espacio. El carácter mítico de la
narración es reforzado por una notable banda sonora grabada en primera
instancia por Jóhannsson, y finalizada por el joven compositor Yair Elazar
Glotman, donde predominan las texturas y las atmósferas intensas logradas a
través de diferentes técnicas digitales y análogas que resultan en
composiciones de una cualidad táctil y que mantienen una relación simbiótica
con las imágenes de la cinta.
El resultado es una obra que podría
haber sido creada en un futuro no tan lejano o en los albores del cine sonoro
en la Alemania de Lang y Murnau, en la Dinamarca de Dreyer, o décadas después
en la Suecia de Bergman o la Unión Soviética de Tarkovski y Sokurov. De hecho,
muchas de sus imágenes remiten a Solaris
y Stalker del maestro ruso. Sin duda
también conectan con los planos amplios de los paisajes de Werner Herzog (los
paisajes del alma, como ha indicado con aquel legendario acento bávaro) o
documentales como Lessons of Darkness.
Tienen mucho en común con la primera
mirada de Malick y las primeras cintas de Aleksandr Sokurov. No solamente
enlazan con la estética visual de dichas obras sino con la idea de que la
ciencia ficción es capaz de crear una suerte de ruptura en la percepción humana
del tiempo y el espacio, donde lugares y eventos toman forma en territorios a los que podemos acceder
solamente a través de la alteración de nuestra realidad. Aquí no hay clones,
cambio climático, amenazas nucleares o máquinas pensantes. Lo que se plantea es
más inquietante y desborda estas amenazas, a esta altura sobreexplotadas, en
pos de un evento que obedece a leyes mucho más antiguas, más esenciales, de las
que el ser humano solamente es una ínfima parte.
Sin duda, después de sumergirse en
una experiencia sensorial tan rica, en una representación de belleza y horror
tal, la partida de Jóhann Jóhannsson cala incluso más hondo. Last and First Men es un poderoso
testimonio de un artista que incluso de forma póstuma sigue marcando el mundo
del séptimo arte con visiones hermosas y ominosas. Quién podría haber imaginado
que detrás de la experimentación sonora, del desarrollo de texturas, de la
orquestación clásica, de la innovación y la búsqueda, además se encontraba un
cineasta notable.
Isaac Civilo
B.
Last and First Men
Jóhann Jóhannsson
2020
70
minutos









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