Reseña: Máquinas como Yo de Ian McEwan

 


Máquinas como Yo

El inglés Ian McEwan debe ser uno de los escritores vivos que se mueve con mayor soltura entre diferentes estilos y registros literarios. Desde la oscura acidez de sus primeras obras, el autor ha sido capaz de entregar trabajos de gran factura en novelas históricas como Expiación, sátiras oscuras mezcladas con ciencia ficción como Solar, la burla política como en su reciente La Cucaracha e incluso una suerte de revisitación shakesperiana en Cáscara de Nuez. No es extraño entonces que también haya explorado la ucronía con Máquinas como Yo, su penúltima novela, una obra que se mueve en el terreno de la ciencia ficción para explorar los entresijos morales que engendra la creciente influencia de la inteligencia artificial en nuestras vidas.

La novela se desarrolla en los años 80 que se plantean como un Londres distópico, una suerte de ucronía donde The Beatles aún están vivos, donde Alan Turing continúa experimentando con inteligencias artificiales tras su éxito en la Segunda Guerra Mundial y donde La Guerra de las Malvinas aún se encuentra en curso afectando, con su éxito o fracaso, el devenir de la política inglesa.  Sin embargo, en esta Inglaterra también hay una serie de sucesos demasiado similares a los de la historia reciente: la salida del país de la Unión Europea, el declive político, los atentados, la decadencia de la educación universitaria debido al embate teórico, la pérdida de trabajos gracias a la automatización, los bajos sueldos, las protestas, los multimillonarios y la gran masa desempleada, los salarios universales, la calidad de vida y la esperanza que se hunden poco a poco en un negro abismo. McEwan se sirve de todos estos elementos para dar vida a personajes reales como ficticios, una herramienta que ha usado con sutileza y realismo en sus más recientes novelas.

En Londres habita Charlie, un joven desempleado que se gana la vida con la especulación financiera en línea. En el piso superior vive Miranda, joven estudiante con quien Charlie lleva una relación romántica sin mayor compromiso. La inteligencia artificial ya ha alcanzado un desarrollo inusitado gracias a las ideas de Alan Turing y otros científicos. Los primeros humanos sintéticos están a la venta bajo los nombres de Adán y Eva. De entre las primeras decenas disponibles en el mercado Charlie compra un Adán y Miranda ayuda a programarlo.



El ejemplar es una cuña que abre distancias entre la pareja. Aviva las pasiones que parecían algo dormidas entre ellos aunque lo logra corroyendo sus hábitos y rutinas. Sus buenas intenciones probarán, a la larga, ser incluso más nocivas para los jóvenes amantes. Y es que, más allá del oscuro secreto que Miranda oculta y las peripecias emocionales que tanto ella como Charlie ejecutan a fin de mantener una relación tambaleante, la creciente ambigüedad que invade sus vidas con la llegada de Adán es el pilar alrededor del que se desarrolla la novela, motivo que se refuerza con la adopción de un pequeño niño en peculiares circunstancias. Es el clásico planteamiento de la buena ciencia ficción, el incidente tecnológico y sus consecuencias – el what if? – que desencadena una serie de eventos que, capa tras capa, revelan los límites éticos de la sociedad y sus integrantes.

El progresivo suicidio de muchos de los Adanes y Evas dispersos por el mundo es la clave para entender el fuerte choque cultural entre humanos e inteligencias artificiales, replicado en la relación entre Charlie, Miranda y Adán. Los conflictos éticos y filosóficos son parte del entramado de la novela, pero la incapacidad de sus personajes para resolverlos, o incluso aproximarse a ellos, es prueba de que McEwan los sitúa en una zona donde las pocas certezas de la época acaban desapareciendo, donde la modernidad líquida ya ha invadido cada rincón de sus vidas. Más que en el campo de las ideas, es en el terreno de los sentimientos donde Charlie y Miranda intentan poner coto a la influencia de Adán. Tanto Mark, el niño adoptado por la pareja, como el padre enfermo de Miranda y la pérdida de su mejor amiga en la niñez son cargas emocionales que amenazan con desbordarlos continuamente.

Más allá de esto, la reflexión de McEwan tiene algo amargo, casi burlesco, sobre la incapacidad de los humanos, seres supuestamente racionales, para manejar sus sentimientos, cómo son esclavizados por un constante torrente de emociones y acaban sucumbiendo ante decisiones que marcan sus vidas. Las reflexiones de Alan Turing subrayan esta diferencia respecto de las IA. Los Adanes y Evas no adolecen de sentimientos sino de la malicia y la ambigüedad necesaria para desenvolverse en la compleja red de relaciones humanas, de la habilidad para jugar el juego, como indica uno de sus protagonistas. La mentira blanca, el mirar hacia el costado para evitarle la vergüenza a otra persona, el ocultar la verdad a fin de no provocar daño a un amigo son habilidades de las que carecen, que los hacen vulnerables ante los humanos. La capacidad de actuar según los matices perfectamente podría ser lo que nos condena a una existencia infeliz.



McEwan en ningún momento se inclina por los humanos o las IA aunque por momentos puede parecer que demuestra algo más de comprensión ante el dilema de éstas últimas, más simples, más proclives a una existencia libre de conflictos, como parece insinuar. Con una prosa diáfana, es capaz de mantener la narración en el terreno de la ambigüedad como si con algo de burla intentara sonsacarle al lector su opinión sobre qué mundo sería mejor, aquel donde las emociones humanas sigan reinando o aquel donde la automatización las elimine poco a poco para dar paso a una realidad menos compleja que asemeja a las superficies pulidas de estos androides. Esta separación se hace evidente cuando el título de la novela, Máquinas como Yo, se une a su subtítulo, Y Gente como Vosotros, una separación insalvable entre nosotros y ellos, entre lo que fue/es y lo que podría ser. Un dilema tratado con ironía y amargura en una novela cuyos ecos resuenan largo tiempo una vez acabada su lectura.

 

Isaac Civilo B.


Máquinas como Yo (y Gente como Vosotros)

Ian McEwan

Anagrama

360 páginas

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