Reseña: La Sequía de J. G. Ballard

 


La Sequía

Es probable que ningún escritor de ciencia ficción haya anticipado con más certeza el rumbo que el mundo tomó el año 2020 y de lo que aún está por venir que James Graham Ballard. Sus novelas plantearon visiones mucho más retorcidas y realistas que aquellas de Asimov y Clarke, llenas de optimismo, e incluso más factibles que las reflexiones cósmicas de Philip K. Dick. En esto, Ballard está mucho más cerca de la vena europea de la ciencia ficción donde se encontraban Wells y Pawlowski aunque al ser escritas en pleno siglo XX, sus obras plantearon premisas de una energía tan oscura y visionaria como las de Huxley y Orwell, hecho que aún debe ser reconocido, posiblemente porque, a diferencia de Un Mundo Feliz y 1984, el futuro de Ballard aún está por llegar.

Por ende, al leer a Ballard siempre cabe la pregunta ¿estamos leyendo ciencia ficción o es simplemente historia escrita antes de su tiempo? Décadas antes que las preocupaciones medioambientales, políticas, culturales y sociales se tomaran la agenda de comienzo de siglo, el autor británico había publicado una serie de novelas y cuentos cortos que anticipaban cada uno de los aspectos de nuestro retorcido presente. Ballard siempre indicaba que no era un hombre de letras. Su sueño había sido convertirse en psiquiatra y tuvo una corta formación en medicina. Ambos tuvieron un impacto enorme en su obra. El lenguaje científico de las fuentes donde buscaba información – textos médicos sobre accidentes de tránsito, transcripciones de cajas negras, revistas de tecnología quirúrgica, el informe de la Comisión Warren – dotaron a su prosa de una objetividad casi sin parangón en la literatura del siglo pasado.

La Sequía (The Drought), publicada originalmente en 1964, es una de sus primeras novelas, una suerte de respuesta a su trabajo anterior, Un Mundo Inundado (The Drowned World), con el que comparte el impulso visionario que ya exploraba la transformación imparable del planeta. La historia gira en torno al doctor Charles Ransom quien se encuentra en medio de diversas tragedias personales. Su casa flotante – su refugio – se mueve a lo largo del río que atraviesa el pueblo. Ésta se ha convertido en un compendio de todos aquellos elementos y recuerdos que inconscientemente ha catalogado como medida de resistencia ante el divorcio y otros problemas. El río, sin embargo, se seca. El mundo se seca ya que los océanos han sido cubiertos por una fina, pero resistente capa de polímeros que impide la evaporación y las lluvias. Años han pasado desde que la última gota de agua cayera. Ransom resiste en su hogar ante el abandono de sus habitantes ya en camino hacia la costa. Su vida íntima refleja la desolación del paisaje.


La primera parte de la novela recrea la estoica estadía del doctor en el pueblo, en medio de la creciente tensión y de un grupo de personajes extraños. Hay un enorme hombre retardado que parece el oráculo de un futuro violento. Hay un imponente sacerdote que parece haber salido de siglos pasados y que urge a sus feligreses a enfrentar la sequía (el verdadero pecado es la cobardía). Hay una zoóloga que aún atiende a los animales del zoológico local en un esfuerzo por mantener a raya la brutalidad que se avecina. Todos son símbolos de un nuevo orden, de una nueva arquitectura vital que acabará barriendo todo a su paso.

Ransom, como todos los héroes de Ballard, es un desarraigado. Vaga, junto a sus acompañantes, a través de paisajes devastados llenos de artefactos tecnológicos despojados de su propósito original. Ya los títulos de muchas de sus obras resuenan con ese sentido de alienación – Las Voces del Tiempo, El Gigante Ahogado, Playa Terminal, Despierta el Mar, Final en las Profundidades, El Jardín de Tiempo, Las Esculturas Cantantes, Dile Adiós al Viento –. Dicha alienación es incluso más opresiva en la segunda parte de la novela cuando Ransom y un grupo de sobrevivientes deja el pueblo atrás e inicia el camino hacia la costa. Los cambios del paisaje parecen haber llegado desde otra dimensión, una suerte de reconquista por parte de una naturaleza cruel. El tiempo mismo parece avanzar o detenerse de acuerdo a las variaciones en la geografía.


La prosa de Ballard es sustancial y clínica. Analiza los detalles más triviales de las vidas de sus creaciones como un sistema de códigos que reflejan sus psicopatías mentales y colectivas. Ya en la costa, un nuevo orden se ha impuesto, y en éste tales psicopatías no hacen sino revelar el orden subyacente de una realidad que esperaba una leve grieta para emerger. Aquí ya están las guerras de agua aunque no son luchadas con tecnología de punta sino de la forma más rudimentaria, con remos, trozos de madera y huesos de ballena. El universo en que los personajes se mueven parece haber retrocedido a un estado pretemporal que ya no es posible reconocer, sepultado en un pasado que los seres humanos ya no pueden recuperar, ni siquiera imaginar. El nuevo mundo ha establecido nuevos límites fuera del tiempo y del espacio humano mismo.

La Sequía, al igual que el resto de su obra, posee la densidad de un mito, pero un mito de extraño signo que ha nacido desde las ruinas, la desolación y el abandono resultante de la cuasi extinción. Lo que queda es lo más básico: una leve capa de sanidad que se origina en la reflexión de aquellos que aún mantienen cierta fortaleza mental, el peregrinaje a lo largo de vastas distancias en busca de nuevos asentamientos y la aceptación de una nueva realidad. Estos son nuestros últimos baluartes ante un mundo que parece empeñado en borrarnos del mapa.


Ballard fue un cariñoso padre soltero que se las arregló para sacar adelante a su familia tras el fallecimiento de su esposa mientras en paralelo desarrollaba algunas de las novelas más sombrías e influyentes del siglo. Para él, en muchos aspectos un ciudadano normal, ser previsor era, como lo indica Charles Ransom en esta novela, considerar la vida como una constante zona de catástrofe. Es la extraña dualidad que es posible apreciar en su obra donde la normalidad acuna la semilla de una pasmosa realidad, y que le valió el reconocimiento de una deuda de gratitud e inspiración por parte de escritores como William Gibson, Connie Willis, Bruce Sterling, Margaret Atwood y muchos más.

Isaac Civilo B.

La Sequía

J. G. Ballard

Fiordo

322 páginas

Comentarios

Entradas populares